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Miguel Ángel Martínez Valencia

 

La Noche Septembrina; iban por Bolívar, condenaron a Santander.

 

Ya Manuelita desde la piltra del caraqueño sabía que aquella ventana por la que se filtraba el helado aire, a escasos dos metros del empedrado, era no sólo el símil shakesperiano donde ella al general, como Romeo a Julietá juró su amor. Era el pórtico donde frente a una premura se podría escapar, incluso, de una conjura.

Ya el relato lo conocemos y se temía por el Libertador, pero fue sospechoso condenar, sin más, la nacionalidad de Santander, exiliándolo como si la obra independentista nada debiera de él. Poseyó en su razón la forma, aunque contraria a la de su colegiado opositor, de procurar el orden no empuñado sin desdén la espada, sino bajo el régimen legal por el que tanta sangre un pueblo todavía puro derramó.

Las cosas tuvieron que estar dichas, la treta planeada, los bolivarianos auspiciados y el cerrojo de la ventana redentora abierto. Todo para que, en el momento de la celada, aquel de la Trinidad, hullera dramáticamente con tan solo una camisa y bajo la protección de su espada, a esperar que aquellos que lo iban a acribillar, vocearan que quien cruzó Los Andes una vez más, al frío de la muerte, que empeoraba su enfermedad, pudo escapar.  Golpes en las puertas, disparos por doquier, asesinados los inmolados, Manuelita vagando maniatada por la casona, Bolívar semidesnudo al lado de un arroyo, arrollado por el desdén. ¿Y el legalista Santander? Apenas percibió el bullicio quiso atender la emergencia, pero al salir solo halló desorden, caos, gritos e incertidumbre. Buscaba entre dormido una vela, preso de su mesita pudo recoger ostracismo, un poco de polvo y la condena de aquello a lo que aún no era condenado.

Divide et impera. Aquella noche septembrina derrotada el espíritu santanderista. Bolívar dominado por la tuberculosis, sintiéndose aportas de su óbito, dió su aliento final, dejaría esta patria en manos de los suyos. Y Francisco expatriadoasumiría el desenlace de la sagaz conspiración del presidente-dictador, maquinando contra si, derrotó al ideólogo opositor.

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